Si la voz de Genevieve era como el ante, la suya era aún más suave, como la gamuza, por ejemplo. Y casi siempre maliciosa, cualidad que hacía de su habla cotidiana algo burlón y viperino, y de sus careos algo irónico y descreído.

En términos generales, yo lo apreciaba, pero un encuentro con él no debía tomarse nunca a la ligera.

– Me alegro de verte en tierra firme -dijo-. Como siempre, tus técnicas policíacas innovadoras nos llenan a todos de respetuoso asombro.

– ¿A todos? -repuse apresurando el paso-. Yo sólo te veo a ti. ¿Es que tienes pulgas?

– ¿Cómo está la pequeña? -preguntó en un tono comprensivo, generoso, obviando del chiste. Esperábamos el ascensor.

– Se está recuperando -contesté. La puerta se abrió a nuestra izquierda y dos empleadas entraron con nosotros. Pensé que probablemente no volvería a tener noticias de Ellie Bernhardt. Yo había hecho por ella cuanto estaba en mi mano; el resto ya no me correspondía. Si mis esfuerzos habían dado resultado es algo que probablemente nunca llegaré a saber. Ésa era la realidad de un policía. Los oficiales que no la aceptaban aspiraban a ocuparse de tareas sociales.

Las dos empleadas bajaron en la quinta planta. Hurgué en mi oído.

– ¿Aún tiene agua en el oído? -preguntó Kilander apenas reanudamos el ascenso.

– Sí -hube de admitir. Aunque no era grave, era una sensación desagradable. El chasquido del agua en el interior de la cabeza resultaba desconcertante.

El ascensor se detuvo en mi planta. En el ínfimo lapso que corrió entre que el aparato se paró y se abrieron las puertas, Kilander me recorrió con una mirada pensativa desde la cima de sus casi dos metros de estatura.

– Tú sí que vas a por todas, nena. De verdad.

– Ya, bueno -dije en tono evasivo mientras se abría la puerta, sin saber si ésa era la respuesta que correspondía. Pocos años atrás habría experimentado un escalofrío al oír que alguien me llamaba «nena», y hubiera tratado de encontrar una respuesta más cortante, que probablemente no se me hubiera ocurrido hasta un cuarto de hora después. Pero ya no era una novata insegura y Kilander no había sido nunca un chovinista, a pesar de lo que aparentaba a primera vista.



20 из 271