El vestíbulo estaba vacío. Comencé a caminar con lentitud hacia la sala del tribunal. Dejé el bolso sobre un asiento y me senté al lado. Tenía que esperar a que O'Malley viniera a buscarme y me acompañara a la sala. Conocía el procedimiento.

Sólo una vez había sido llamada para declarar en un caso criminal, pero no en mi calidad de oficial de policía. No fue en Minneapolis. Había sido en Saint Paul, en la audiencia preliminar de Royce Stewart, acusado de haber matado a Kamareia Brown.

Fue a mí a quien Kamareia comunicó, mientras estábamos en la ambulancia, que lo había identificado como su agresor.

La tarde en que la mataron, Kamareia había estado sola en su casa. Sin embargo, había sido atacada en la de unos vecinos que estaban haciendo reformas en el interior. Los dos pintores habían acabado su jornada hacia las cuatro de la tarde, pero sólo uno de ellos tenía una buena coartada para las horas que siguieron.

El otro era Stewart, un obrero de veinticinco años. La placa de su matrícula llevaba grabado su apodo: SHORTY. De hecho, no es que fuera bajo, como parecía indicar su apodo; era de complexión fuerte y recogía sus enmarañados cabellos en una coleta. De todos modos, Kamareia lo había llamado por su apodo, adecuado o no. Nunca había sabido su nombre, sólo había visto la placa mientras la llevaba en su coche.

Una semana antes de la muerte de Kamareia, Genevieve me había dicho que su hija, a quien llamaba «Kam», le había advertido que Shorty la miraba con insistencia y eso le producía cierta inquietud.

Nadie supo por qué había ido Kamareia a casa de los vecinos.

El historial juvenil de Stewart estaba bajo secreto de sumario y, como yo no estaba allí como parte oficial de la investigación, no tuve acceso a él. Siendo adulto lo habían pillado proporcionando bebidas alcohólicas a menores y exhibiéndose a las chicas del instituto. Al parecer, le gustaban jóvenes.



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