
Poco después, Jackie Kowalski, la abogada de oficio que defendió a Stewart, me contó que éste le había confiado que enviaba dinero para mantener a un hijo, de «una chavala negra a la que sólo vi una vez».
Stewart era de la opinión de que no se trataba de su hijo. Sostenía que las pruebas de paternidad habían sido falsificadas por empleados del hospital, quienes, como era de esperar, tomaron partido por la madre soltera antes que por un hombre. «Los hombres ya no tenemos derecho a nada», había sentenciado.
En más de una ocasión había contado la historia a Kowalski y ella entendió que, en opinión de Stewart, éste sería un argumento para la defensa. El hecho de que enviara dinero para el niño mestizo, nada menos, vendría a probar que él era incapaz de hacer daño a Kamareia, una mestiza también, al fin y al cabo.
Además, Shorty había sugerido a su abogada que presentara la teoría de que un hombre negro había matado a Kamareia con el plan premeditado de que un hombre blanco cargara con las culpas.
Si Shorty hubiera ocupado el banquillo, ya podría haber recusado a cualquier jurado, que al final lo hubieran declarado culpable.
Pero el caso nunca llegó a un jurado. Y fue por mi culpa.
Estaba en la sala del Centro Gubernamental del condado de Ramsey durante una audiencia preliminar. La abogada de oficio de Stewart había solicitado que se desestimara el caso, tal como había predicho Mark Urban, el fiscal del condado de Ramsey.
Urban se sentaba en la mesa próxima al estrado vacío que se reserva al jurado, pero yo no lo miraba a él. Christian Kilander también se hallaba presente, sentado en el banco del público. Seguramente se había tomado la mañana libre para oír mi testimonio. Me sorprendió, aunque no había motivo. La muerte de Kamareia había causado una honda pena en todos los que conocíamos y estimábamos a Genevieve.
