
Kilander contestó a mi mirada con una inclinación de cabeza, a la que yo no podía responder. Estaba especialmente serio.
Jackie Kowalski se hallaba de pie frente a mí. Era una jovencita recién salida de la Facultad de Derecho de la Universidad de Minnesota, de pelo castaño claro y vestida con un traje sastre barato.
Yo sabía más o menos -Urban me lo había advertido- lo que me iba a preguntar, pero no por eso la situación sería menos conflictiva.
– Detective Pribeck, ¿puedo llamarla señorita Pribeck? Dado que no está implicada en el caso como agente de la ley.
– Sí, adelante.
– Señorita Pribeck, usted ha declarado que estuvo en la casa poco antes del crimen. También declaró que había acompañado a la señorita Brown en la ambulancia. ¿Es correcto?
– Sí.
– ¿Por qué la acompañaba usted y no su madre?
– Genevieve estaba aturdida por la escena. Estaba muy afectada cuando se llevaron a Kamareia. Consideré que debía acompañar a Kamareia alguien que no estuviese alterado y que no aumentase su inquietud.
– Comprendo. ¿Cómo fue que ella identificó a su agresor? ¿Se lo preguntó usted?
– No, lo dijo por sí misma.
– ¿Qué dijo?
– Dijo: «Fue Shorty, el chico que siempre me estaba mirando».
– ¿Y usted entendió que le hablaba del señor Roy ce Stewart?
– Sí, era su apodo.
Jackie Kowalski hizo una pausa. Ante un jurado, hubiera insistido e intentado hallar puntos débiles en la tenue identificación que había realizado Kamareia. Pero no había jurado, sino un juez que debía decidir si se desestimaban los cargos. Tenía un objetivo legal y a él se dirigía.
– ¿Qué más le dijo acerca de la agresión?
– Estuvo a punto de decirme que debía haber andado con más cuidado o una cosa por el estilo. Y yo le decía: «No te preocupes, no podías saberlo».
