
– En general, digamos que usted estuvo animando constantemente a la señorita Brown, infundiéndole la idea de que sobreviviría a sus lesiones.
– No creo que quisiera hacerle creer nada en particular.
– ¿Puede usted explicar, entonces, de qué otra manera puede interpretarse la frase «Te pondrás bien»? -preguntó Kowalski, arqueando las cejas.
– Protesto -dijo Urban-. La defensa está incitando a la testigo a emitir suposiciones.
– Retiro la pregunta -respondió Kowalski-. Señorita Pribeck, ¿dijo usted a la señorita Brown alguna cosa que la indujera a pensar que sus lesiones eran fatales?
«Genevieve, lo siento mucho. Traté de hacerlo como es debido.»
– No, no lo hice.
Las declaraciones ante la muerte son extremadamente delicadas. Se parte de la base de que alguien que sabe que va a morir no tiene ningún motivo para mentir. Por esta razón, el principal objetivo del tribunal suele centrarse en dirimir si la persona que se está muriendo tenía conciencia de que, en efecto, se estaba muriendo.
En las actas, Kowalski dejó claro ante el juez que Kamareia nunca me había visto como una investigadora criminal, de ahí su insistencia en llamarme «señorita Pribeck» durante toda la audiencia. Y lo más importante: Kowalski estableció que yo empujé a Kamareia a creer que sus lesiones no la conducirían a la muerte.
Kilander me había hablado alguna vez de estas declaraciones ante la muerte, mucho antes del caso de Kamareia. No era que yo no hubiera oído hablar nunca de los aspectos legales de las acusaciones en trance de muerte; simplemente, no me cruzaron por la mente, ni siquiera de manera remota, aquel día en que vi morir a Kam.
Jackie Kowalski estaba en lo cierto en un aspecto: yo la había acompañado en la ambulancia en calidad de amiga. Intenté ser una buena amiga para Kamareia, hacer lo que su madre hubiera hecho: aliviarla y tranquilizarla. Todo ello comprometió la acusación de Kamareia y puso en duda un caso que, por lo demás, ya era bastante inconsistente.
