
– ¿Shiloh ha estado aquí? -repetí con estupor-. ¿Vino para…?
Pero Vang había vuelto a concentrarse en su llamada.
– Hola, comandante Erickson, le llamaba…
Prescindí de él. No cabía duda de que Shiloh se había acercado a la oficina y se había ido al no encontrarme y, aunque mi jornada de trabajo ya tocaba a su fin y pronto estaría de regreso en casa, lamenté que no nos hubiéramos encontrado. Hasta hacía dos semanas, Shiloh era detective del Departamento de Policía de Minneapolis. A pesar de que no había motivos para que trabajásemos juntos, muy a menudo nuestras tareas se solapaban. Ya no volverían los encuentros casuales con él en el centro de la ciudad, cosa que ya echaba de menos.
También tendría que acostumbrarme a otra circunstancia: Shiloh se iba la semana siguiente a Quantico para un entrenamiento con el FBI. Estaría fuera cuatro semanas.
Eché un último vistazo al contestador. No tenía mensajes, de modo que puse el teléfono en la modalidad del buzón de voz y cogí mi bolso. Me despedí de Vang con un leve ademán de la mano y él me respondió con una inclinación de cabeza.
Mi Nova de 1970 era el primer coche que había comprado en mi vida. Muchos de los compañeros de trabajo pusieron mala cara cuando lo vieron; supongo que se imaginaron el trabajo de restauración al que ellos lo hubieran sometido en caso de ser los propietarios. Su color gris revólver se había ido apagando debido a la falta de un verdadero aficionado que se ocupara de él; el salpicadero tenía algunas grietas. No obstante, era razonablemente seguro y yo sentía por él un apego casi perverso… Cada invierno imaginaba que lo iba a cambiar por algo más seguro para el hielo y la nieve, motivo por el que muchos de los oficiales de mi Departamento habían escogido sus cuatro por cuatro. Pero volvíamos a estar en otoño, más precisamente en el mes de octubre, y aún no me había planteado siquiera poner un anuncio.
No fui directamente a casa.
