
El Nordeste, como a veces lo llamaban los de por aquí, estaba considerada como la parte de la ciudad con más reminiscencias europeas, aunque con el tiempo se había ido integrando. Cruzado por la vía del tren, era un sitio ocupado por viejos edificios de obra vista, con porches más propios de locales comerciales, y bares con anuncios de comida rápida y cupones de lotería. A mí me gustó desde que lo vi. Me gustaba la vieja casa de Shiloh, con el temblor que producían los trenes al pasar por detrás del pequeño patio trasero y esa calidad de ensueño y algo submarina que reinaba en verano cuando los rayos del sol se filtraban por entre el ramaje de los olmos. Claro que también sabía que en ese vecindario Shiloh se había visto obligado a extraer un cuchillo del cuerpo de un niño de once años y que, en ocasión del último Halloween, habían hecho pintadas contra la policía con tiza roja en la entrada de casa. Todo un barrio, desde luego.
La vieja señora Muzio, la vecina de al lado, se disponía a sacar de paseo a Snoopy, un perro mezcla de pastor alemán. Estuve a punto de saludarla con un ademán, pero luego recordé que para llamar de verdad su atención era necesario plantarse frente a ella. Así pues, opté por conducir lentamente hasta llegar a casa. El viejo Pontiac Catalina de Shiloh no estaba allí, de modo que aparqué en su plaza.
Posiblemente se había ido de compras con el coche. Tal como ocurría con el Nova en mi caso, el suyo también era el primer coche que había tenido y nunca lo había cambiado por otro, creo que más por pereza que por sentimentalismo. Era un modelo de 1968 y sufría los problemas habituales de un coche viejo; en los últimos tiempos le fallaba el distribuidor. De vez en cuando, Shiloh comentaba la posibilidad de venderlo y comprar algo mejor, pero hasta el momento no lo había hecho.
