Entré en casa por la parte de atrás. La puerta que llamábamos «de la cocina» no daba a esta pieza, sino a un cuartucho con el suelo de linóleo sucio, donde teníamos la lavadora y la secadora, a la derecha de la puerta. Vacié la bolsa de plástico sobre la secadora, y decidí poner a lavar mis ropas sin perder ni un momento. Los coloqué en el tambor de la la-vadora y estaba a punto de introducir media medida de detergente cuando sentí que alguien me observaba. Había una persona recostada en la pared opuesta.

Sobresaltada, di un respingo. Mi revólver estaba en el mismo costado que la mano con que sostenía el vaso del detergente. De modo que decidí dar media vuelta sin más para descubrir quién era. Entonces comprendí quién era y me volví para mirar a Shiloh directamente.

– ¡Joder! -exclamé-. No vuelvas a acercarte a mí de esa manera, como una serpiente. -Respiré hondo-. Pensaba que no estabas en casa. El coche…

Me tranquilice de golpe.

A pesar de que medía casi un metro noventa, mi marido nunca había sido de los policías más imponentes por su físico. De hecho, tenía una estructura longilínea y delgada, a la que en no poca medida contribuían sus rasgos de apariencia euroasiática, con su piel pálida y su fuerte y anguloso esqueleto. Lo que más destacaba eran sus ojos, con un pliegue epicántico, como si sus antepasados fuesen originarios de las estepas. Era difícil descifrar su mirada. Sin embargo, en aquel momento me pareció reconocer un aire de desaprobación.

– ¿Pasa algo? -pregunté.

– Eres completamente tonta -respondió Shiloh meneando la cabeza con cara de reproche.

– ¿De qué estás hablando? -dije, pero él mantenía la misma mirada.



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