Shiloh y yo nunca trabajábamos juntos los casos, de modo que yo no tenía ni idea de su técnica de interrogatorio. Creo que en ese momento tuve una ligera noción de su estilo.

– ¿Sabes cuántas personas mueren en ese río cada año? -preguntó finalmente.

– Oh -dije-. ¿Te lo ha contado Vang? -Había subido mi tono de voz. La cólera de las personas que habitual- mente no se encolerizan suele ser enervante-. Estoy bien -añadí.

– ¿En qué estabas pensando? -me preguntó.

– En que tú hubieras hecho lo mismo.

No lo negó, pero aclaró que él no había aprendido a nadar a los 23 años.

– Tenía 22.

– Me da igual.

Le volví la espalda y deposité el detergente en el receptáculo de la lavadora. Ajusté el indicador de programas y el agua caliente y luego se oyó el silbido que indicaba el comienzo del lavado.

– Por poco me muero del susto cuando Vang me lo dijo -susurró mientras se colocaba detrás de mí y posaba sus manos en mis caderas.

Sentí un gran alivio y estuve a punto de pedirle perdón retroactivamente.

– Me hubiera gustado tenerte cerca -dije. Shiloh tenía mucha experiencia con suicidas; más que experiencia: un verdadero récord-. Ha sido la primera vez que me enfrentaba a algo semejante -agregué.

Le había dado la oportunidad de decir «y seguro que será la última» pero, al parecer, ya lo había olvidado todo.

– Tus cabellos huelen como el río -me susurró al oído.

Entonces deshizo mi coleta y me besó en la nuca.

Yo sabía lo que eso significaba.


Más tarde, en nuestro dormitorio, Shiloh permanecía tan quieto que por un momento pensé que se había dormido. Levanté la mirada por encima de su pecho y advertí que tenía los ojos cerrados.

Pero en ese preciso momento me pasó un brazo por la espalda y me estrechó contra él, sin abrir los ojos. Tendría que haberlo esperado, pues ésa era la forma en que se tomaba todo: con languidez y tranquilidad.



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