Me crié en las tierras altas de Nuevo México. Allí la tierra está surcada de infinidad de riachuelos, pero nada que ver con el Mississippi. A los trece años me fui a vivir a Minnesota, pero nunca viví cerca del río. Para mí, el Mississippi era una abstracción, algo que sólo veía a lo lejos o que cruzaba en algún viaje por carretera. Años después me había acercado a él y lo había contemplado.

En la orilla, había visto a un niño que intentaba pescar con un hilo atado a una rama.

– ¿Se puede entrar en el río? -le había preguntado.

– Bueno, una vez vi a un hombre que entró en el río con una cuerda atada a la cintura -había respondido el muchacho-. La corriente se lo llevó tan rápido que dos amigos suyos, dos hombres mayores, tuvieron que tirar de la cuerda para sacarlo.

Desde entonces he oído opiniones muy diversas acerca de la fuerza y la malicia del río que divide Minneapolis. La policía y los servicios de urgencia de las Ciudades Gemelas contaban historias de personas que habían sobrevivido a saltos y caídas desde todos los puentes. Pero eso no era lo más habitual. Incluso un adulto sobrio y que sepa nadar, sin ningún propósito suicida, puede verse en un grave aprieto debido a la fuerza de la corriente. En efecto, puede arrastrarte hacia el centro del río y sumergirte entre árboles y raíces y llevarte con suma rapidez a la parte más honda del lecho.

La caída desde esa estructura no era mortal por fuerza, y el agua no alcanzaba las temperaturas paralizantes del invierno. De todos modos, me pareció preferible que las cosas no llegaran tan lejos.

Me agarré a un hierro y empecé a andar por la estructura.

– ¿Me está tomando el pelo? -dijo Vignale.

– Nada de eso -dije-. Si no quisiera que alguien la convenciera, ya habría saltado. -«O eso espero», pensé. -Estoy más preocupada por usted, agente Vignale. Si su compañera no ha llamado para cortar el tráfico de trenes por el puente, tendrá que ir pensando en volver.



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