
Era tan fácil bajar por la estructura del puente como hacerlo por las barras de un parque infantil. De todos modos, decidí hacerlo con mayor lentitud.
– Tienes compañía, pero no te asustes -dije con voz confiada y tranquilizadora mientras me aproximaba al nivel de la muchacha. Como bien había observado Vignale, no había que atemorizarla-. Sólo quiero charlar contigo.
Me miró. Confirmé definitivamente que se trataba de Ellie Bernhardt. Pude apreciar, además, esa belleza que preocupaba a su hermana. En efecto, Ellie había cambiado mucho desde el curso anterior, cuando se hizo la fotografía que yo había visto.
Era una de esas personas a las que la seriedad, incluso la desdicha, favorece más que una sonrisa: sus ojos de color verde grisáceo, las espesas pestañas, su piel blanca, su labio inferior carnoso. Las pecas, último vestigio de su cara infantil, se estaban borrando. Vestía una camiseta gris y téjanos negros. Nada de colores pastel ni de lacitos, ni un rasgo de niña. De lejos se la hubiera confundido con una joven de poco más de veinte años.
– Concédeme un minuto, Ellie -le pedí. Había llegado a su nivel y me agarraba con precaución, acercándome a ella de lado para hablarle. -Así está mejor -dije una vez que logré apuntalar mis pies sujetándome a la estructura-. No es un ejercicio fácil para un adulto -comenté. A veces he deseado ser más alta, pero no en esa ocasión.
– ¿Cómo es que sabe mi nombre? -me preguntó.
– Tu hermana vino a verme ayer. Está muy preocupada por ti.
– ¿Ainsley está aquí? -dijo mirando a su alrededor, hacia el sitio donde se hallaba Vignale. No estoy segura de si la idea le resultaba agradable o le inquietaba.
– No, pero está en el pueblo.
Volvió a mirar hacia abajo, hacia el agua.
– Quiere que vuelva a Thief River Falls -dijo.
– Bueno, a las dos nos gustaría saber qué te ha pasado -le dije. Como no respondió, le repetí la pregunta de otro modo-. ¿Por qué te has escapado de casa, Ellie?
