– ¡Ya va! ¡Ya va! Va usted a quemar el timbre…

Un sacerdote en pijama y bata abrió la pesada hoja de madera de la puerta. Era de mediana edad, con el pelo cano y desaliñado y el rostro ancho. Tenía una altura considerable, a pesar de cierto encorvamiento de espalda con el que había nacido. Al menos levantaba veinte centímetros sobre la mujer que lo había despertado a esas horas tan intempestivas.

– ¿Qué es lo que quiere? -dijo el sacerdote, sin reconocer a quien fuera tantas veces a su iglesia.

– Confesión, padre. Necesito confesarme. Ahora mismo.

– ¿Seguro que no puede esperar hasta mañana? No creo que esté usted en peligro de muerte, como para pedir que la confiesen a estas horas.

La mujer esbozó una amarga sonrisa y replicó en tono angustiado:

– Le juro por Dios que lo necesito. Ahora.

– Ande, ande, pase. Está usted calada -dijo el cura, haciéndose a un lado para dejarla entrar-. Y no use el nombre de Dios en vano.

Aquella mujer, una médico psiquiatra llamada Audrey Barrett, no había usado el nombre de Dios en vano. No aquella noche. En el momento en que atravesaba el umbral de la iglesia, un trueno rasgó el enfurecido cielo. Y la lluvia pareció intensificarse aún más. Millones de seres dormían a esas horas, plácidamente, sin sospechar siquiera el horror inimaginable encerrado en el secreto que la doctora Barrett ya nunca llegaría, a comprender.



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