
No sabía cómo explicar al párroco lo que le había sucedido; cuál era el secreto que llevaba en su alma. Algo que, para ella, había comenzado tan sólo unas semanas atrás.
Un secreto que ni la misma muerte podía borrar…
Capítulo 1
Boston, Estados Unidos.
Fuego. Las llamas sobresalen por encima de los edificios a diez manzanas de distancia. El camión toma una curva a toda velocidad. Se oye el chirriar de los neumáticos por encima del aullido de la sirena. Una mujer y su hijo pequeño ven alejarse al camión de bomberos que ha estado a punto de atropellados. El chico nuevo se ha abierto la cabeza contra el marco de la ventana, por el fuerte bandazo. Tenía que haberse quedado en la escuadra. Aquello le viene grande a un novato. Le cae un reguero de sangre por la cara, y los otros ven en eso un mal augurio. Es un incendio de los malos. Nadie lo comenta, pero todos lo saben. Se les nota en la cara y en el miedo con el que observan las llamas cada vez más próximas. Ojalá nadie muera hoy, dicen esas miradas.
– ¡Preparaos! -grita el jefe del equipo.
El camión se detiene frente a las puertas del convento. Sienten un azote de calor cuando saltan a la calle. Son los primeros en llegar. Y tienen delante de los ojos el Infierno. Se oye un fragor siniestro. Las llamas iluminan la noche, pero hacen también más profundas las sombras que no alcanzan.
– ¡Dios mío! -susurra el novato.
Se ha puesto un parche en la cabeza que ha conseguido reducir la hemorragia, pero aún tiene la cara manchada de sangre.
