– ¡No te quedes ahí parado como un imbécil! ¡Desenrolla la manguera, o quítate de en medio!

El bombero que grita al novato ha visto ya muchos incendios. Sin embargo, ninguno como este. Tiene la boca seca, pero intenta tragar saliva de todos modos. La cruz del campanario está envuelta en llamas que parecen querer devorarla. El fuego es como un ser vivo. Cualquier bombero lo sabe. Aunque hay algo en este incendio, en este fuego… Ahora es él quien está portándose como un imbécil. Allí parado, pensando estupideces. «Hay algo en este fuego que no está bien…», se dice, sin poder evitarlo.

– ¡Vamos, vamos, vamos! -les grita a sus hombres-. ¡Apuntad la manguera hacia allí!… ¡No! ¡Más a la derecha! ¿Estáis todos dormidos, maldita sea? ¡Que el fuego no cruce la calle! -«O quedará fuera de control», es lo que le falta añadir. Pero lo que dice es-: Fred, llama a otros dos equipos enseguida.

Le da un golpe a Fred en el hombro, como si eso pudiera acelerar las cosas. El mismo se echa a correr hacia donde se concentran los supervivientes del incendio. Todas son monjas. Y eso resulta extraño. Miran horrorizadas cómo arde su hogar. Siente lástima por ellas, pero no está ahí para consolarlas. Ahora no.

– ¿Queda alguien dentro?

La joven novicia a la que pregunta ni siquiera le mira. Él se coloca delante y pone las manos en sus brazos, con delicadeza.

– Escúcheme, hermana, ¿sabe si queda alguien dentro?

Habla muy despacio, aunque lo que desearía es zarandearla para que reaccione. Ella no contesta y él no puede perder más tiempo. El tiempo lo es todo en un incendio. Deja a la novicia para ir a preguntar a otra monja. Y entonces oye un hilo de voz que dice:



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