Bajó los ojos a las manos.

– ¿Cómo recoge el dinero?

– ¿En mi caso? De vez en cuando lo pasa a buscar.

– ¿Le avisa previamente?

– No necesariamente, algunas veces. O si no me llama y me pide que se lo lleve a un café o a un bar, o bien en una esquina donde me recoge con su auto.

– ¿Le entrega todo lo que gana?

Asintió con la cabeza.

– Él me puso el piso, paga la renta, el teléfono, la comunidad. Me lleva a las boutiques de moda y paga mis vestidos. Le gusta escoger mi ropa. Le doy todo lo que gano y él me devuelve un poco, ya sabe, dinero de bolsillo.

– ¿No sé queda con nada?

– Por supuesto que sí. ¿De dónde sino hubiera sacado los mil dólares? Sin embargo por gracioso que parezca no me quedo con mucho.

Cuando ella se marchaba el lugar se estaba llenando de empleados de oficinas. Ella consideró que había bebido bastante café y se había pasado al vino blanco. Tomó un vaso del que bebió la mitad de un viaje. Yo me conformé con mi café solo. Anoté su teléfono y dirección en mi agenda junto al número del servicio de abonados ausentes de Chace. Eso era todo lo que tenía. Más tarde o más temprano acabaría por echarle el guante y entonces tendríamos una pequeña charla, y si hiciera falta le daría un susto mayor del que pudiera dar a Kim, y si no, pues bueno en cualquier caso tendría quinientos dólares más de los que tenía esta mañana.


Cuando ella se marchó, terminé mi café y escurrí uno de los billetes de cien para pagar la cuenta. Armstrong se encuentra en la Novena Avenida entre la calle 57 y la 58, y mi hotel queda detrás de la esquina de la 57. Me encaminé hacía allí. En recepción pregunté si tenía algún mensaje o correo y llamé a Chance desde el teléfono de pago del hall. Una mujer respondió al tercer timbre, repitiendo las últimas cuatro cifras del número y preguntando si podía servirme en algo.

– Desearía hablar con el Sr. Chance.



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