
Caminé hasta la puerta del banco antes de decidir que lo que me quedaba del adelanto de Kim no justificaba que tuviera que hacer transacciones financieras oficiales. Juzgué más inteligente volver a mi hotel y pagar la mitad de la renta del próximo mes. Para entonces sólo me quedaba uno de los billetes de cien intactos que cambié en billetes de diez y de veinte.
¿Por qué no agarré los mil de mano? Recordé lo que había dicho acerca de la motivación. Bueno, ahora me quedaba solamente uno.
Nada nuevo en el correo: dos circulares y una carta de mi diputado. Nada que tuviera que leer.
Ningún mensaje de Chance. No lo esperaba.
Llamé otra vez a su servicio y le dejé otro mensaje. Ya lo hacía por fastidiar.
Abandoné el hotel y pasé toda la tarde fuera. Tomé dos veces el metro pero anduve casi todo el tiempo. El cielo seguía amenazante, la lluvia aún se contenía, el viento era todavía más violento pero nunca se llevó mi sombrero. Recorrí dos distritos, algunos cafés y media docena de bares. Bebí cafés en las cafeterías, y coca-cola en los bares, hablé con varias personas y tomé algunas notas. Llamé a la recepción de mi hotel alguna que otra vez. No esperaba una llamada de Chance sino que quería saber si Kim me había llamado. Nadie me había telefoneado. Dos veces traté de contactar con Kim y en las dos me encontré con su contestador automático. Ahora todo el mundo tenía una de esas máquinas; uno de estos días todos esos aparatos empezarán a marcar números y a dialogar entre ellos. No dejé ningún recado.
Al caer la tarde entré en un teatro de Time Square. Pasaron dos películas de Clint Eastwood donde interpretaba a un poli que lo arreglaba todo a balazo limpio. El público parecía compuesto en su totalidad por la clase de individuos que eran víctimas de sus disparos. Gritaban de júbilo cada vez que levantaban los sesos a alguien.
