Comí cerdo con arroz y vegetales en un restaurante chino-cubano de la Octava Avenida, hice un nuevo alto en mi hotel y me aseguré de que no tenía ningún mensaje. Me fui hasta Armstrong a tomar una taza de café. Me metí en una conversación en la barra y pensé en quedarme un rato más, pero a las ocho y media estaba dispuesto a marcharme, bajar al sótano y asistir a la reunión.

El conferenciante era un ama de casa que se emborrachaba mientras su marido estaba en el trabajo y los niños en la escuela. Contó como uno de los muchachos la encontró totalmente ida en el suelo de la cocina y como ella lo convenció de que se trataba de un ejercicio de yoga para aliviar su dolor de espalda. Todos rompimos en una carcajada unísona.

Cuando me tocó mi turno de hablar, dije:

– Me llamo Matt. Esta noche solo vengo a escuchar.


El bar de Kelvin Small's se encontraba en Lenox Avenue, a la altura de la calle 127. Es un lugar largo y estrecho con una barra que va de punta a punta y una fila de mesas con banquetas en el lado opuesto. Hay un pequeño escenario en la parte del fondo, sobre el que ese día, dos negros muy oscuros con los caballos rapados y gafas de montura redonda y ataviados con trajes al estilo de los Brooks Brothers tocaban jazz tranquilo, uno en un piano de pared, el otro usando pinceles y cimbales. Al oído y a la vista parecían la mitad del viejo Modern Jazz Quartet.

No era difícil oírles una vez dentro ya que el lugar no era especialmente ruidoso. Yo era el único blanco y todo el mundo dejó de hablar para examinarme de arriba a abajo. Había un par de mujeres blancas sentadas en las banquetas junto a hombres negros, un par de negras compartían una mesa y alrededor de una veintena de hombres ocupaban el local. Los había de todos los colores, excepto del mío.



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