
Atravesé la sala en toda su longitud y entré en los urinarios. Un hombre, casi tan alto como para jugar en el baloncesto profesional, peinaba sus cabellos alisados. El aroma de su loción capilar se mezclaba con el tufillo agrio de la marihuana. Me lavé las manos y las froté debajo de uno de esos secadores de aire caliente. Cuando salí el hombre alto seguía trabajando sus cabellos.
Las conversaciones se apagaron de nuevo cuando aparecí por la puerta de los urinarios. Caminé en el otro sentido, lentamente, moviendo los hombros. No estaba seguro en lo que respecta a los músicos, pero a aparte de ellos, juraría que no había persona en el bar que no tuviera al menos una condena. Proxenetas, estafadores, traficantes, jugadores… Sin duda toda la nobleza del mundo.
Un tipo sentado en la barra, en el quinto taburete empezando por la entrada, me llamó la atención. Me llevó un segundo identificarle, ya que antes llevaba el pelo liso y ahora llevaba una especie de peinado africano. Su traje era de color verde lima y sus zapatos estaban hechos con la piel de un reptil, probablemente alguno en vías de extinción.
Cuando pasé por delante de él, señalé a la puerta con la cabeza y salí. Me detuve dos portales más allá junto a una farola. Pasaron dos o tres minutos hasta que apareció con el paso ágil y suelto.
– ¡Hey, Matthew! -dijo extendiendo la mano-. ¿Cómo te va, tío?
No le di la mano. La miró, me miró, giró los ojos, movió exageradamente la cabeza, chaqueó las manos, las frotó contra el pantalón y las colocó en las caderas, diciendo:
– Como ha pasado el tiempo. ¿Te dejaron sin tu botella favorita en el centro? ¿O es que ahora vienes al Harlem a hacer pipí?
– Parece que estás en plena forma, Royal.
Se infló como si fuera un pavo. Su nombre era Royal Waldron y yo conocí una vez a un imbécil policía negro que se apodaba el marrano. Royal me respondió:
– Bueno, compro y vendo, sabes.
– Sé.
