– Se justo con la gente y nunca te quedarás sin hincar el diente, es un refrán que me enseño mi mamá. ¿Qué es lo que te ha traído por este barrio, Matthew?

– Estoy buscando a una persona.

– Quizás la encuentres. ¿Ya no estás en la bofia?

– Ya hace bastantes años.

– ¿Y buscas comprar algo? ¿Qué es lo que quieres y cuánto quieres gastar?

– ¿Qué es lo que vendes?

– Casi todo.

– Los negocios siguen yendo bien con los colombianos, ¿no?

– Joder -dijo, y con una mano se limpió la delantera de su pantalón. Imaginé que llevaba una pistola en la cintura de sus pantalones verde lima. Debía haber tantas armas como gente en Kevin Small's-. Los colombianos son gente legal. Solo tratas de no darles motivos para que se preocupen, eso es todo. Tú no has venido por aquí para ligar mercancía, ¿verdad?

– No.

– ¿Qué es lo que quieres, tío?

– Busco a un macarra.

– Joder, acabas de cruzarte con veinte de ellos y a seis o siete putas.

– Busco a un macarra llamado Chance.

– ¿Chance?

– ¿Le conoces?

– Quizás.

Esperé. Un hombre vestido con un abrigo largo venía caminando por la acera parándose en cada pequeño comercio. Parecía que estaba mirando escaparates si no fuera porque cada establecimiento estaba protegido por una valla metálica. El tipo se detenía delante de cada tienda y examinaba la cerradura de la valla como si tuviera especial importancia para él.

– Una forma de ir de compras -dijo Royal.

Un coche patrulla pasó al ralentí. Los dos agentes uniformados nos miraron. Royal les deseó unas buenas tardes. Yo no dije nada y tampoco ellos. Cuando el coche se alejó, Royal dijo:

– Chance no viene mucho por aquí.

– ¿Dónde podría encontrarle?

– No es fácil. Puede aparecer en cualquier sitio y ese sitio quizás sea el último en el que estés pensando. No es cliente habitual en ninguna parte.

– Eso es lo que me han dicho.



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