– ¿Fue eso lo que hizo? ¿Duffy la vendió a Chance?

– No sé lo que hizo. Pero me pasé a Chance y todo fue bien. Era mejor que con Duffy. Me sacó de aquella casa, me colocó como call-girl, de eso han pasado, oh…, han pasado tres años.

– Y ahora usted quiere descolgarse.

– ¿Puedo hacerlo?

– No lo sé. Quizás lo puede hacer sola. ¿Usted no le ha dicho absolutamente nada, ni una palabra? ¿Ni siquiera se lo ha insinuado?

– Tengo miedo.

– ¿De qué?

– De que me mate o me desfigure, o cualquier cosa parecida. O de que me persuada y me haga cambiar de parecer.

Se inclinó hacia delante y colocó sus uñas rojizas sobre mi muñeca. Era un gesto estudiado, pero sin ningún efecto. Respiré su perfume y sentí su impacto sexual. No me excitó, pero sin desearla, tuve conciencia de su poder de atracción. Continuó diciendo:

– ¿Puede ayudarme Matt?

No pude evitar reírme y respondí:

– Sí. Creo que sí.

– Gano dinero, pero no lo guardo. Además, no gano mucho más de lo que ganaba trabajando en la calle. Sin embargo tengo un poco.

– ¡Oh!

– Mil dólares.

No dije nada. Ella abrió su bolso, sacó un sobre blanco que abrió y del que extrajo unos billetes. Con un discreto movimiento los dejó sobre la mesa, entre nosotros.

– ¿Podría hablarle por mí?

Tomé los billetes y los sostuve en la mano. Me proponían hacer de intermediario entre una puta y un chulo negro. No era un papel muy tentador.

Hubiera deseado devolverle el dinero; apenas hacía nueve o diez días que había salido del hospital Roosvet y les debía dinero. A primeros de mes tenía que pagar el alquiler y hacía mucho tiempo que no enviaba nada a Anita y a los muchachos. Tenía dinero en mi cartera y también en el banco, pero no eran gran cosa, y el dinero de Kim Dakkinen era tan bueno como cualquier otro, era fácil de ganar, y la manera en que ella lo había conseguido no me concernía lo más mínimo.



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