Conté los billetes. Eran billetes de cien usados y había diez. Dejé cinco delante de mí sobre la mesa y le devolví los otros cinco. Sus ojos se abrieron un poco y llegué a la conclusión de que llevaba lentes de contacto, no había nadie que pudiera tener unos ojos de semejante color,

– Cinco por adelantado. Los otros cinco después, cuando el trabajo esté terminado.

– Trato hecho -replicó sonriendo ampliamente-. Aunque puede llevarse los mil de mano.

– No. Necesito motivarme para trabajar mejor. ¿Quiere otro café?

– Si usted también lo toma. Y creo que tomaré algo dulce. ¿Tienen postre aquí?

– El pastel de nueces es riquísimo. Y también lo son las tartas de queso.

– Me encantan los pasteles de nueces. Tengo pasión por los dulces pero no engordo ni un gramo. Tengo suerte, ¿no?

DOS

Había un problema. Para poder hablar con Chance primero me hacía falta encontrarlo y ella no sabía cómo llegar hasta él.

– No sé dónde vive -me dijo-. Nadie lo sabe.

– ¿Nadie?

– Ninguna de las niñas. Cuando dos de nosotras estamos juntas y él no está, ese suele ser nuestro principal tema de conversación. Intentamos adivinar donde vive. Me acuerdo que una noche, Sunny, una de sus niñas, y yo, nos juntamos sólo para cotillear. Nos imaginamos todo tipo de hipótesis, como que él vivía con su madre enferma en un asilo de Harlem, o que tenía una mansión en Sugar Hill, o que tenía una granja en las afueras a donde iba y venía todos los días. O que tenía un par de maletas en el coche con todas sus pertenecías y que dormía un par de horas en el apartamento de cualquiera de nosotras -pensó un momento-. Excepto que nunca duerme cuando está conmigo. Después de hacerlo se echa un momento, luego se levanta, se viste y se va. Un día me dijo que nunca puede dormir cuando hay otra persona en la habitación.



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