
Aquello resultaría extraño; en teoría el evento estaba abierto a todo el mundo —¿Y qué no lo estaba, en teoría?— pero las costumbres de los moradores de la Cultura, especialmente de los robots, y más de los viejos, como E. H. Tersono, todavía lograban sorprender a Kabe. No había leyes ni normas escritas, pero sí un montón de sutiles… cumplimientos, conjuntos de modales, formas de comportamiento cortés. Y modas. Había modas en casi todo, desde lo más trivial hasta lo más trascendental.
Trivial: aquella tarjeta entregada en una «escudilla volante»; ¿significaba acaso que todo el mundo iba a empezar a mover invitaciones físicamente? ¿Incluso la información rutinaria de un lugar a otro, en lugar de transmitirse con normalidad mediante un familiar, un dron, un terminal o un implante? ¡Qué tediosa y ridícula idea! La clásica afectación retrospectiva de la que podrían enamorarse, durante una temporada más o menos (¡ja! Como mucho).
Trascendental: ¡vivían o morían a su antojo! Algunas de sus personalidades más ilustres anunciaron que vivirían una vez y morirían para siempre, y miles de millones así lo hicieron. Y luego se inició una nueva tendencia entre la gente que ejercía la mayor de las influencias, consistente en renovar completamente sus cuerpos o cultivar cuerpos nuevos, o trasladar sus mentes a androides réplicas o diseños aún más extraños… Bien, en realidad, a cualquier cosa, no había límites. El caso era que todo el mundo empezaría a actuar así sin medida, solo porque se había puesto de moda.
