Pocos misterios quedaban ya para entonces. Kabe echó un vistazo a su alrededor y luego realizó una breve danza saltando y arrastrando los pies, ejecutando los pasos con una delicadeza insólita para su peso y su tamaño. Volvió a mirar en torno a sí, aparentemente aliviado de haber escapado a cualquier observación. Estudió el rastro que sus movimientos habían dejado sobre la nieve. Aquello estaba mejor… Pero, ¿en qué habría estado pensando? En la nieve, y en su silencio.

Sí, de eso se trataba; lo que reinaba era algo parecido a una sustracción de sonido, porque todo el mundo estaba acostumbrado a que las condiciones climáticas fuesen acompañadas de algún ruido; el viento soplaba o rugía, la lluvia repiqueteaba o siseaba o, si era tan leve como para no producir por sí sola ningún sonido, al menos creaba goteos o gorgoteos. Pero la nieve, sin viento que la acompañase, parecía desafiar a la propia naturaleza; era como contemplar una pantalla con el volumen al mínimo, era como estar sordo. De eso se trataba.

Satisfecho, Kabe siguió caminando por el camino, justo cuando un montón de nieve acumulada en un tejado de un edificio alto cayó al suelo con un ruido sordo. Se detuvo, observó la larga cresta blanca que la avalancha en miniatura había creado cuando los últimos copos cayeron arremolinados a su alrededor, y se echó a reír.

Discretamente, para no perturbar el silencio.

Finalmente, las luces de una barcaza aún distante iluminaron la curva gradual del canal. Desde allí, sonaba una música suave, fácil de escuchar, pero música al fin y al cabo. Música de fondo, como la llamaban a veces. No era el propio recital.

Un recital. Kabe se preguntaba por qué lo habían invitado. El dron de Contacto E. H. Tersono había solicitado su presencia mediante un mensaje entregado aquella misma tarde.



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