
—Ya. ¿Se te han escapado todos de golpe?
—¿Cómo iban a hacerlo? Las cosas dejarían de funcionar si no hicieran nada al mismo tiempo.
—Ah, claro.
—Pero, a veces, tenían días en los que una especie de armazón manejaba la infraestructura. Y sí no, escalonaban el tiempo en que se marchaban. Depende del lugar y del momento.
—Aja.
—En cambio, lo que hoy definimos como vacaciones, o tiempo esencial, es el hecho de quedarnos en casa, porque de otra forma, no habría momentos de reunión. No conoceríamos a nuestros vecinos.
—En realidad, creo que no los conozco.
—Porque somos muy volátiles.
—Largas vacaciones.
—En el sentido antiguo del término.
—Y hedonista.
—Nos pica el gusanillo de movernos.
—Nos pica el gusanillo, las zarpas, las aletas, las barbas…
—Centro, ¿puedo comerme esto?
—Las bolsas de gas, las costillas, las alas, las ventosas…
—Vale, creo que la idea queda clara.
—¿Centro? ¿Hola?
—Las pinzas, las babas, las membranas móviles…
—¿Te callarás de una vez?
—¿Centro? ¿Me recibe? Mierda, no me funciona el terminal. O el Centro no contesta.
—A lo mejor está de vacaciones.
—Las aletas, los músculos, ¡mmpf! ¿Qué pasa? ¿Me he atragantado con algo?
—Sí, con un gusanillo, creo.
—Creo que por ahí empezamos.
—Muy apropiado.
—¿Centro? ¿Centro? Vaya, nunca antes me había ocurrido esto…
—¿Embajador Ischloear?
—¿Mmm? —Habían pronunciado su nombre. Kabe se dio cuenta de que debía de haberse sumido en uno de aquellos extraños estados de trance que experimentaba a veces en reuniones como aquella, cuando la conversación (o, más bien, varias conversaciones simultáneas), zumbaban de un lado al otro de forma abrumadora y lo mareaban de tal forma que no podía seguir quién decía qué a quién, y por qué.
