
Había descubierto que, posteriormente, solía recordar las palabras exactas que se habían pronunciado, pero todavía debía esforzarse para determinar el sentido que se ocultaba tras ellas. Pero, en el momento, se sentía extrañamente perdido. Hasta que se rompía el hechizo, como ahora, y su propio nombre lo despertaba.
Se encontraba en el salón de baile superior de la barcaza ceremonial Soliton, con varios cientos de individuos más, la mayoría humanos, pero no todos antropomórficos. El recital del compositor Ziller, con un antiguo mosaicordio chelgriano, había terminado hacía media hora. Había consistido en la interpretación de una pieza contenida, solemne, en concordancia con el ambiente de aquella tarde, aunque fue agradecida con entusiastas aplausos. Ahora la gente comía y bebía. Y hablaba.
Kabe estaba de pie, con un grupo de hombres y mujeres junto a una de las mesas del bufé. La atmósfera era cálida, agradablemente perfumada y amenizada con una suave música de fondo. Sobre los asistentes se alzaba una marquesina de madera y cristal, de la que emanaba una antigua forma de iluminación, a gran distancia del espectro corporal de todos, pero que otorgaba a la estancia una atractiva calidez.
El anillo de su nariz le había hablado. Cuando llegó por primera vez a la Cultura, no le había gustado la idea de tener que insertarse un transmisor de comunicaciones en el cráneo (ni en ningún otro lugar). El anillo de su familia era prácticamente lo único que siempre llevaba consigo, por lo que le hicieron una réplica perfecta que también funcionaba como terminal de comunicaciones.
—Siento molestarlo, embajador. Aquí el Centro. Usted que está más cerca, ¿me haría el favor de decirle al señor Olsule que está hablando con un broche convencional y no con su terminal?
