
—Sí. —Kabe se volvió hacia un joven vestido con un traje blanco que sostenía una pieza de joyería entre las manos, con el semblante perplejo—. ¿El señor Olsule?
—Sí, ya lo he oído —repuso el hombre, observando detenidamente al homomdano. Parecía sorprendido y Kabe tuvo la impresión de que lo había confundido con una escultura o algún artículo monumental de decoración. Era algo que le ocurría con relativa frecuencia. Cuestión de magnitud y silencio, básicamente. Era una de las pegas de ser un trípedo piramidal negro y reluciente de tres metros y pico de estatura, en una sociedad de bípedos escuálidos de piel mate y dos metros de altura. El joven miró de nuevo el broche—. Hubiera jurado que era…
—Perdóneme, embajador —dijo el anillo—. Gracias por su ayuda.
—Ah, de nada.
Una centelleante bandeja se acercó flotando hasta el joven, se inclinó frente a él en una especie de reverencia y dijo:
—Hola. Aquí el Centro otra vez. Lo que tiene aquí, señor Olsule, es una pieza de azabache con forma de cerepelo, esmaltada con platino y sumitio. Del estudio de la señora Xossin Nabbard, de Sintrier, seguidora de la escuela Quarafyd. Un trabajo fino de arte sustancial. Pero, desgraciadamente, no es un terminal.
—Vaya. ¿Y dónde está mi terminal, entonces?
—Se ha dejado todos los dispositivos en casa.
—¿Por qué no me han avisado?
—Usted no me lo pidió.
—¿Cuándo?
—Ciento veinti…
—Bueno, da igual. Sustituye… ejem… cambia esa instrucción. La próxima vez que salga de casa sin un terminal, que me monten un escándalo o algo.
—Muy bien. Así será.
—A lo mejor debería ponerme un cordón. Uno de esos implantes.
