
—Innegablemente, olvidar la cabeza sería harto complicado. Y, entretanto, yo le propondría uno de esos controles remotos de a bordo para acompañarlo el resto de la velada, si lo desea.
—Bien, de acuerdo. —El joven dejó el broche donde estaba y se volvió hacia la mesa del bufé—. Bueno, ¿esto se puede comer…? Vaya, se ha ido.
—Las membranas móviles —dijo la bandeja, flotando en el aire.
—¿Eh?
—Ah, Kabe, mi querido amigo. Aquí estás. Muchas gracias por venir.
Kabe se volvió sobre sus pasos para encontrarse con el dron E. H. Tersono flotando junto a él, a un nivel algo por encima de la cabeza de un ser humano y por debajo de la de un homomdano. La máquina medía poco menos de un metro de estatura, y la mitad en anchura y fondo. Su armazón rectangular con aristas redondeadas era de una delicada porcelana rosa en un entramado de petrelumen azul brillante. A través de la superficie traslúcida de porcelana, se podían apreciar los componentes internos del dron, como sombras ocultas en su piel de cerámica. Su campo de aura, confinado a un reducido volumen situado justo bajo la base plana, era un suave rubor magenta que, si Kabe no recordaba mal, significaba que estaba ocupado. ¿Ocupado hablando con él?
—Tersono —respondió—. Sí. Bueno, tú me invitaste.
—Lo hice, es cierto. Solo se me ocurrió más tarde que pudieras malinterpretar mi invitación y pensar que era una especie de citación, o incluso una reclamación imperiosa. Claro que, una vez enviada…
—Ya. ¿Quieres decir que no era una reclamación?
—Era más bien una petición. Es que tengo que pedirte un favor.
—¿Ah, sí? —Eso era toda una novedad.
—Sí. ¿Podríamos hablar en un lugar más privado?
Privado, pensó Kabe. No era una palabra que sonase demasiado en la Cultura. Posiblemente, se utilizase en el contexto sexual más que en cualquier otro. Y ni siquiera entonces.
