
—Lo siento —me disculpé, cargándome de nuevo el arma.
—Culpa mía, por perder el casco.
—Bueno —contesté, dando una palmada en los fragmentos de raíles que teníamos encima—, pero has ganado un destructor terrestre.
Quilan empezó a reír, pero luego su rostro se transformó en una mueca de dolor. Forzó una sonrisa y apoyó una mano sobre la superficie de una de las ruedas directrices del vehículo.
—Es curioso —dijo—. Ni siquiera estoy seguro de si es nuestro o de ellos.
—Pues yo tampoco —repuse. Eché un vistazo al armazón roto. El fuego de su interior se estaba propagando: unas llamas amarillas y azuladas emergían ya del orificio del lugar que había ocupado la cabina.
El mutilado destructor terrestre se había deslizado parcialmente dentro del cráter. En su lado más alejado, la oruga de la máquina reposaba sobre la pendiente del hoyo, una gran banda metálica que ascendía hasta su superficie como una destartalada escalera mecánica. Frente a nosotros, las gigantescas ruedas directrices sobresalían del casco del vehículo: algunas sostenían los enormes ejes de la trayectoria superior de la oruga, y otras quedaban en la parte inferior. Quilan estaba atrapado bajo ellas, encallado en el barro, con la parte superior del torso al descubierto.
Nuestros camaradas habían muerto. Solo quedábamos Quilan y yo, y el piloto de la nave ligera, que volvía a recogernos. El buque, situado a poco menos de dos kilómetros por encima de nosotros, no podía ayudarnos.
Yo ya había tratado de tirar de Quilan, ignorando sus quejidos, pero estaba totalmente atrapado. Intenté desplazar la oruga de la máquina con la unidad antigravitatoria de mi traje, y maldije nuestros presuntamente maravillosos proyectiles de última generación, tan útiles para matar a nuestra propia especie y para penetrar en blindajes, pero tan inútiles para cortar metales pesados.
