
Cerca de nosotros, se oyó un nuevo ruido; una ráfaga de chispas saltó desde la abertura de la cabina para desvanecerse entre la lluvia. Sentí la vibración de las detonaciones en el suelo, transmitidas por el cuerpo de la malograda máquina.
—Es la munición —dijo Quilan, con un hilo de voz—. Hora de que te marches.
—No. Sea lo que sea lo que ha volado la cabina, ha terminado con todas las reservas de munición.
—No lo creo. Esto podría estallar en cualquier momento. Sal de aquí.
—Ni hablar. Aquí estoy bien.
—¿Estás… qué?
—Estoy bien.
—Pareces idiota.
—No soy idiota. Deja de intentar deshacerte de mí.
—¿Por qué? Eres idiota.
—Deja de llamarme idiota, ¿quieres? Eres muy pesado.
—No soy pesado. Solo intento que actúes racionalmente.
—Estoy actuando racionalmente.
—Mira, no me impresionas nada. Tu obligación es salvar tu vida.
—Y la tuya es no desesperar.
—¿No desesperar? Tú estás haciendo el idiota, y yo tengo un… —Quilan abrió los ojos de pronto—. ¡Ahí! ¡Arriba! —siseó, señalando detrás de mí.
—¿Qué pasa? —Me volví, con el rifle a punto para disparar.
El soldado de los Invisibles estaba en la boca del cráter, observando los restos del destructor terrestre. Llevaba puesto una especie de casco, pero no le cubría los ojos y, presumiblemente, no era demasiado sofisticado. Levanté la mirada entre la lluvia. El soldado quedaba iluminado por la luz de las llamas del destructor terrestre, pero nosotros nos encontrábamos en la penumbra. Sostenía el rifle con una mano, no con ambas. Yo permanecí completamente inmóvil.
Entonces, el soldado se llevó algo a los ojos y empezó a escrutar el entorno. Se detuvo, apuntando directamente hacia nosotros. Yo ya había levantado el rifle y disparado cuando él dejó su dispositivo de visión nocturna y se dispuso a apuntar con su arma. Explotó en una ráfaga de luz, justo cuando otra explosión iluminó el cielo. La mayor parte de su cuerpo se tambaleó y se precipitó por la pendiente del cráter, hacia nosotros. Todo, excepto un brazo y la cabeza.
