
—Vaya. Ahora resulta que tienes buena puntería —dijo Quilan.
—Siempre la he tenido, amigo —respondí, dándole una palmada en el hombro—. Lo mantenía en secreto para no avergonzarte.
—Worosei —dijo, agarrando de nuevo mi mano—. Ese soldado no debía de estar solo. En serio, ahora debes marcharte.
—Yo… —empecé. Pero entonces, los restos del destructor terrestre y el cráter dieron una enorme sacudida al explotar algo dentro del armazón, y una intensa ráfaga de metralla salió del hueco de la cabina de la máquina. Quilan se estremeció de dolor. Varias placas de barro se deslizaron por la pendiente, rodeándonos, y los restos del soldado muerto se acercaron más a nosotros. Todavía tenía el rifle sujeto con el guante blindado. Volví a mirar la pantalla de mi casco. La nave ligera estaba a punto de llegar. Mi amor estaba bien, y había llegado el momento de marcharme.
Me volví para decirle algo.
—Alcánzame el rifle de ese cabrón —me pidió, señalando con la cabeza al soldado muerto—. A ver si me puedo llevar a un par de ellos conmigo.
—De acuerdo —repuse, alejándome a escarbar entre el barro y los escombros para coger el arma del soldado muerto.
—¡Mira a ver si hay algo más! —gritó Quilan—. Granadas… ¡lo que sea!
Bajé de nuevo junto a él y sumergí mis botas en el agua.
—Era todo lo que tenía —le dije, entregándole el rifle.
—Bien. Servirá.
