
Quilan apoyó el arma contra su hombro y volvió el torso en la medida en que lo permitieron sus piernas atrapadas, adoptando lo más parecido a una posición de disparo.
—Ahora, ¡vete de una vez, antes de que yo mismo te pegue un tiro! —Tuvo que levantar la voz, mitigada por otra serie de explosiones en al armazón del destructor terrestre.
Me incliné hacia delante y le di un beso.
—Nos veremos en el cielo —dije.
Por un momento, su rostro adoptó una expresión de ternura. Dijo algo, pero las detonaciones hicieron temblar el suelo y tuve que pedirle que lo repitiera, mientras el eco moría y las imágenes estroboscópicas de las luces invadían el cielo que nos cubría. Una señal parpadeó de pronto en mi visera, indicándome que la nave estaba justo encima de mí.
—He dicho que no hay prisa —me dijo, sereno, y sonrió—. Vive, Worosei. Vive por mí. Por los dos. Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Buena suerte, Worosei. —Miró hacia la ladera del cráter.
Quise desearle lo mismo, o despedirme tal vez, pero fui incapaz de pronunciar una sola palabra. Solo pude mirarlo, sin esperanza; contemplé a mi marido por última vez, me volví y me arrastré hacia arriba, deslizándome sobre el barro y alejándome de él. Pasé por encima del cadáver del Invisible al que había matado, junto al flanco de la máquina en llamas, bajo los cañones de la cabina de popa, mientras nuevas explosiones disparaban pedazos de armazón hacia el lluvioso cielo, que se zambullían después en el agua del fondo del cráter.
La pendiente enfangada y llena de aceite no me facilitaba el ascenso; parecía que bajaba en lugar de subir y, por un momento, llegué a pensar que nunca podría salir de aquel inmenso agujero, hasta que me agarré a la gran plancha de metal que quedaba de la oruga del destructor terrestre. Lo que mataría a mi amado iba a salvarme a mí: utilicé las secciones entrelazadas de la oruga incrustada a modo de escalera, y conseguí llegar a la cima.
