Fuera del cráter, en la lejanía iluminada por el fuego, entre construcciones demolidas y ráfagas de lluvia, pude ver los contornos de otras enormes máquinas de guerra y las minúsculas siluetas que corrían tras de ellas.

La pequeña nave descendió en picado desde las nubes. Me lancé a bordo y nos elevamos de inmediato. Intenté volverme a mirar atrás, pero las puertas se cerraron de golpe y me precipité al interior mientras el pequeño módulo esquivaba los rayos y misiles, y ascendía hacia la nave Tormenta de nieve, que lo estaba esperando.

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LA LUZ DE ANTIGUOS ERRORES

Las barcazas descansaban en la oscuridad del tranquilo canal, con sus contornos difuminados por la nieve apilada en montículos sobre sus cubiertas. Las superficies horizontales de los caminos, los muelles, los bolardos y los puentes levadizos también cargaban con el mismo peso nebuloso de la nieve, y los altos edificios alejados de los muelles se cernían sobre la noche, con las ventanas, los balcones y los canalones rociados con una suave línea blanca.

Kabe sabía que aquella zona de la ciudad era tranquila a casi cualquier hora, pero aquella noche parecía y estaba más calmada todavía. Podía oír sus propios pasos hundirse en la blancura virgen de la nieve. Cada uno de ellos producía una especie de crujido. Se detuvo y levantó la cabeza, aspirando el aire frío. Reinaba la calma. Nunca había visto la ciudad tan silenciosa. Supuso que la nieve la hacía parecer más callada, amortiguando cualquier ínfimo ruido que pudiera dejarse oír. Aquella noche tampoco hacía viento, lo que significaba que, en ausencia de tráfico, el canal, pese a no estar helado, estaba perfectamente inerte y silencioso, sin gorgoteos de olas.

No había iluminación alguna que se reflejase sobre la negra superficie del canal, lo que hacía parecer que las barcazas reposaban sobre la nada, sobre una ausencia absoluta en la que apoyarse. Aquello tampoco era habitual. Las luces estaban apagadas en casi toda la ciudad, y en casi toda aquella cara del mundo.



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