
Kabe miró hacia arriba. La nieve caía ahora con más suavidad. El remolino de nubes que cubría el centro de la ciudad y las montañas más alejadas se estaba disipando, revelando algunas de las estrellas más brillantes. Una tenue línea de luz iba y venía en función del movimiento de las nubes en el cielo. No había aeronaves ni buques; al menos, él no los vio. Incluso las aves parecían haber mitigado sus propias voces.
Y tampoco sonaba la música. Normalmente, en la ciudad de Aquime, siempre se oía alguna melodía procedente de un lugar u otro, si se prestaba la suficiente atención (y Kabe tenía muy buen oído). Pero, aquella noche, reinaba un absoluto silencio.
Sometido. Ese era el término. El lugar estaba sometido. Aquella era una noche especialmente sombría («¡Esta noche, bailaréis a la luz de antiguos errores!», había afirmado Ziller en la entrevista de aquella mañana… con cierto deleite) y ese humor parecía haber infectado a toda la ciudad, a toda la plataforma de Xaravve, en realidad, al orbital de Masaq al completo.
No obstante, pese a todo, parecía que la calma reinaba todavía más, gracias a la nieve. Kabe se quedó quieto durante un momento, preguntándose qué era lo que producía exactamente aquel silencio añadido. Era algo que había percibido ya antes, pero que nunca le había preocupado lo suficiente como para permanecer inmóvil e intentar descubrirlo. Algo relacionado con la propia nieve…
Se volvió a mirar el rastro que había dejado en el camino del canal. Tres líneas de huellas. Se preguntó lo que un humano —o cualquier bípedo— pensaría de aquellas pisadas. Seguramente, no se darían cuenta. Y, en caso de hacerlo, preguntarían y obtendrían una respuesta. El Centro se la daría: son las huellas del nuestro honorable embajador de los homomdanos: Kabe Ischloear.
