– Pero cuando atrapen a Buchanan, éste se lo contará todo -se apresuró a replicar el hombre.

Thornhill lo miró como un profesor decepcionado miraría a un alumno. Durante el último año, Buchanan les había facilitado todo cuanto habían necesitado; oficialmente, había dejado de ser imprescindible.

El grupo, poco a poco, cayó en la cuenta.

– Entonces avisamos al FBI «póstumamente». Tres muertes. No, tres asesinatos -dijo otro hombre.

Thornhill recorrió la sala con la vista, ponderando en silencio la reacción de los presentes ante su plan. A pesar de que se habían mostrado reacios a acabar con la vida de un agente del FBI, sabía que para estos hombres tres muertes no significaban nada. Eran de la vieja escuela, que comprendía a la perfección que, en ocasiones, los sacrificios eran necesarios. Lo que hacían para ganarse la vida solía implicar desde luego la muerte de otras personas; sin embargo, sus operaciones también habían evitado guerras declaradas. Matar a tres para salvar a tres millones, ¿a quién se le ocurriría oponerse, aunque las víctimas fueran relativamente inocentes? Los soldados que morían en el campo de batalla también eran inocentes. Thornhill creía que la acción encubierta, que en los círculos del espionaje recibía el curioso nombre de «tercera opción», la que se encontraba entre la diplomacia y la guerra declarada, era la que permitía demostrar la valía de la CIA, aunque también había supuesto algunos de sus mayores desastres. Al fin y al cabo, sin riesgo no existía la posibilidad de alcanzar la gloria. Ése sería un buen epitafio para su lápida.

Thornhill no organizó una votación formal; era innecesaria. -Gracias, caballeros -dijo-. Me ocuparé de todo. -Dio por concluida la reunión.

2

La casita de tejas de madera se encontraba al final de una carretera de grava compacta, cuyos arcenes bordeaba una maraña de dientes de león, acederas y pamplinas.



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