La destartalada estructura se alzaba sobre media hectárea de terreno llano despejado, pero estaba rodeada en sus tres cuartas partes por un bosque cuyos árboles intentaban alcanzar la luz del sol a costa de sus congéneres. A causa de las ciénagas y otros problemas de urbanización, nunca había habido vecinos en las inmediaciones de la casa, construida hacía ochenta años. La comunidad más cercana se hallaba a unos cinco kilómetros en coche, pero a menos de la mitad de esa distancia si se tenía el valor de atravesar a pie el frondoso bosque.

Durante gran parte de los últimos veinte años la casita rústica había servido para celebrar fiestas adolescentes improvisadas y, en ocasiones, de refugio para vagabundos sin hogar que buscaban la comodidad y la relativa seguridad que suponían cuatro paredes y un techo, aunque estuvieran en mal estado. El actual propietario de la casita, que la había heredado recientemente, había decidido alquilarla. Había encontrado a un inquilino dispuesto a pagar por adelantado y en metálico el alquiler de todo un año.

Aquella noche el césped sin cortar del patio delantero se balanceaba a merced del viento inclemente. Detrás de la casa, una hilera de robles gruesos parecía imitar el movimiento del césped al inclinarse adelante y atrás. Aunque pareciera imposible, aparte del viento no había otro sonido.

Excepto uno.

En el bosque, varios cientos de metros por detrás de la casa, un par de pies chapoteaban por el lecho de un arroyo poco profundo. Los pantalones sucios del hombre y las botas empapadas hablaban por sí solas de lo difícil que le resultaba orientarse y avanzar por el terreno denso y oscuro, incluso con la ayuda de la luna creciente. Se detuvo para sacudir las botas contra el tronco de un árbol caído.

Lee Adams estaba sudado y helado tras la agotadora caminata. A sus cuarenta y un años, su cuerpo, de un metro ochenta y siete de altura, era sumamente fuerte.



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