
Lee tenía el pelo grueso, ondulado y de color castaño, que siempre parecía caérsele sobre la cara, una sonrisa fácil y contagiosa, los pómulos marcados y unos atractivos ojos azules que, desde su adolescencia, habían provocado que los corazones de las jóvenes palpitaran desbocados. Sin embargo, en el transcurso de su carrera se le habían roto bastantes huesos y había sufrido varias heridas importantes, por lo que sentía el cuerpo mucho más viejo de lo que parecía. Y eso era con lo que se encontraba cada mañana al levantarse. Los crujidos, los pequeños dolores. ¿Tumor cancerígeno o simplemente artritis?, solía preguntarse. ¡Qué más daba! Cuando Dios te ficha, lo hace con autoridad. Una buena dieta, entretenerse con pesas o sudar sobre la cinta de andar no cambiaría su decisión de dejarte tieso.
Lee levantó la vista. Todavía no distinguía la casita; el bosque era muy frondoso. Toqueteó los botones de la cámara que había sacado de la mochila al tiempo que respiraba para reponer fuerzas. Lee había efectuado la misma caminata en varias ocasiones, pero nunca había entrado en la casita. Sin embargo, había visto cosas más bien curiosas. Por eso había regresado, para descubrir los secretos del lugar.
Tras recobrar el aliento, Lee continuó avanzando por el solitario bosque sin más compañía que la de los animales que correteaban por ahí. Había muchos ciervos, conejos, ardillas e incluso castores en aquella zona todavía rural de la Virginia septentrional.
