
Cuando se hallaba cerca de la linde del bosque, Lee se detuvo. Estaba acostumbrado a espiar tanto los lugares frecuentados por las personas como sus actividades. Al igual que un piloto al repasar su lista de comprobaciones, lo mejor era actuar con lentitud y de forma metódica. También había que confiar en que no sucediera algo que obligara a improvisar.
La nariz torcida de Lee constituía una señal permanente de éxito de su época como boxeador aficionado en la Marina, donde había exteriorizado toda su agresividad juvenil contra un oponente de su mismo peso y habilidad en un cuadrilátero limitado por lonas atadas. Un par de guantes resistentes, unas manos rápidas y unos pies ágiles, una mente cautelosa y un corazón fuerte habían integrado su arsenal. La mayor parte de las veces le habían bastado para conseguir la victoria.
Tras el período militar, las cosas le habían ido bastante bien. No era muy rico, ni muy pobre, a pesar de que casi siempre había trabajado por cuenta propia; tampoco había estado solo del todo, aunque llevaba divorciado unos quince años. El único fruto positivo de su matrimonio acababa de cumplir veinte años. Su hija era alta, rubia e inteligente y se enorgullecía de haber obtenido una beca para completar sus estudios en la Universidad de Virginia y de haber sido la estrella del equipo femenino de lacrosse. Durante los últimos diez años, Renee Adams no había querido saber nada de su padre. Lee tenía razones de sobra para suponer que era una decisión tomada, si no a instancias de su madre, sí con su beneplácito. Y pensar que su ex le había parecido tan agradable durante las primeras citas, tan encaprichada con su uniforme de la Marina, tan entusiasmada por destrozar su cama.
