
Su ex mujer, una antigua bailarina de striptease llamada Trish Bardoe, se había casado por despecho con un tipo llamado Eddie Stipowicz, un ingeniero desempleado que tenía problemas con la bebida. Lee creía que el matrimonio acabaría en desastre y había intentado obtener la custodia de Renee alegando que su madre y su padrastro no podrían mantenerla. Justo en aquella época, Eddie, un taimado mequetrefe a los ojos de Lee, inventó, casi por casualidad, un microchip de mierda que lo había hecho multimillonario. Como es obvio, la batalla por la custodia de su hija perdió fuerza. Por si fuera poco, aparecieron reportajes sobre Eddie en el Wall Street Journal, Time, Newsweek y otras publicaciones. Era famoso. Su casa había aparecido en el Architectural Digest.
Lee había comprado ese número del Digest. La nueva casa de Trish era enorme, de un color rojo carmesí o berenjena tan oscuro que a Lee le recordaba el interior de un ataúd. Las ventanas eran gigantescas, el mobiliario lo bastante grande como para perderse en él y había suficientes molduras, paneles y escaleras de madera como para calentar durante un año un típico pueblo del Medio Oeste. También había fuentes de piedra esculpidas con personas desnudas. ¡Lee se quedó helado! Una foto de la feliz pareja ocupaba una página entera. Lee pensaba que en el pie de foto podían haber escrito: «El Ganso y la Tía Buena hacen fortuna con escaso gusto.»
Sin embargo, a Lee le había llamado la atención una foto. Renee aparecía a lomos del semental más espléndido que jamás había visto, sobre un campo de césped tan verde y bien cortado que parecía un estanque. Lee había recortado la foto con cuidado y la había guardado en un lugar seguro, en el álbum familiar.
El artículo, por supuesto, no lo mencionaba; no había motivos para ello. Sin embargo, lo que le había molestado era que afirmasen que Renee era hija de Ed.
