
«La hijastra -había dicho Lee en voz alta cuando lo leyó-. La hijastra. Jamás podrás cambiar eso, Trish.»
Lee no solía envidiar la fortuna de la que ahora gozaba su ex mujer ya que garantizaba que su hija nunca pasaría apuros. Pero, en ocasiones, le dolía.
Cuando se tiene algo durante tantos años, algo que se ha convertido en parte de uno mismo y se ha amado más que nada y luego se pierde… Lee trataba de no pensar demasiado en esa pérdida. Aunque era un tipo duro y fornido, cuando daba vueltas al enorme vacío que tenía en el centro del pecho, acababa lloriqueando como un niño.
A veces la vida te depara sorpresas, como cuando los médicos te dan el visto bueno y al día siguiente te mueres.
Lee se miró los pantalones cubiertos de barro y sintió un calambre doloroso en la pierna cansada justo cuando intentaba espantarse un mosquito del ojo. Una casa del tamaño de un hotel. Criados. Fuentes. Caballos grandes. Un resplandeciente avión privado… Probablemente todo resultaba un auténtico coñazo.
Lee apretó la cámara contra el pecho. Llevaba un rollo de alta sensibilidad que había «turboalimentado» al fijar la velocidad de obturación en 1.600. La película sensible necesita menos luz y si el obturador se abre durante breves períodos de tiempo es poco probable que la cámara se mueva o que la vibración distorsione las fotografías. Lee colocó un teleobjetivo de 600 milímetros y extendió el trípode incorporado al objetivo.
Escudriñó entre las ramas rojas de un cornejo y enfocó la parte posterior de la casita. Varias nubes taparon la luna, acentuando la oscuridad. Tomó varias fotografías y luego guardó la cámara.
Mientras observaba la casa se percató de que, desde donde estaba, no podría distinguir si había alguien o no. Lee no veía luces encendidas, pero era posible que hubiera alguna habitación interior. Además, no tenía la parte delantera de la casa a la vista y tal vez hubiera un coche aparcado. Lee había observado huellas de pisadas y neumáticos en otras ocasiones. No había mucho más que ver. Apenas pasaban coches por esa carretera y nunca se veían caminantes o personas haciendo footing. Todos los vehículos daban media vuelta ya que se habían equivocado de salida. Todos menos uno, claro.
