
Miró el cielo. El viento había amainado. Lee calculó que las nubes oscurecerían la luz de la luna durante varios minutos más. Se colgó la mochila a la espalda, se puso tenso por unos instantes, como si acumulase toda su energía, y salió del bosque con sumo sigilo.
Lee se deslizó en silencio hasta un lugar donde, acuclillado detrás de un grupo de arbustos descuidados, abarcaba la parte posterior y frontal de la casa. Mientras escudriñaba la oscuridad, las sombras se atenuaron cuando la luna reapareció. Parecía vigilarlo perezosamente, como si quisiera saber qué estaba haciendo allí.
Aunque un tanto aislada, la casita estaba a sólo cuarenta minutos en coche del centro de Washington. Por esa razón, su ubicación resultaba bastante práctica. Lee había realizado varias pesquisas sobre el propietario y había averiguado que todo estaba en regla. Sin embargo, le había costado bastante más informarse acerca del arrendatario.
Lee sacó un artefacto que semejaba una grabadora pero que en realidad era un dispositivo con ganzúas que funcionaba con pilas; también extrajo una funda con cremallera y la abrió. Palpó las distintas ganzúas y escogió la que quería. Con una llave hexagonal fijó la ganzúa a la máquina. Movía los dedos con destreza y rapidez, incluso cuando las nubes cubrieron de nuevo la luna sumiéndolo todo en sombras. Lee lo había hecho tantas veces que podría haber cerrado los ojos y manipulado los instrumentos del delito con una precisión envidiable.
Lee ya había echado una ojeada a las cerraduras de la casita durante el día. Eso también lo había inquietado: había cerrojos de seguridad en todas las puertas exteriores y en los marcos de las ventanas de la primera y de la segunda planta. Todo el material de ferretería parecía nuevo. ¡En una destartalada casa de alquiler perdida en el bosque!
