
A pesar del frío, una gota de sudor recorrió la frente de Lee mientras pensaba en esos detalles. Tocó la 9 milímetros que llevaba en una funda sujeta al cinturón; el tacto del metal lo reconfortaba. Apenas tardó unos segundos en amartillar y asegurar la pistola; una bala en la recámara, el percutor montado y el seguro puesto.
La casita disponía de sistema de seguridad. Eso también lo había asombrado. Si hubiese tenido dos dedos de frente, Lee habría guardado las herramientas del crimen, se habría marchado a casa y le habría dicho a quien le había encargado el trabajo que la misión había fracasado. Sin embargo, se enorgullecía de su labor. Seguiría desempeñándola al menos hasta que sucediese algo que le hiciera cambiar de idea. Y Lee corría muy deprisa cuando las circunstancias lo requerían.
Entrar en la casa no sería difícil, sobre todo porque Lee contaba con el código de acceso. Lo había obtenido la tercera vez que estuvo allí, cuando las dos personas habían ido a la casita. Lee ya había confirmado que la zona estaba cableada, por lo que había acudido preparado. Se había adelantado a la pareja y había esperado a que terminaran de hacer lo que estuvieran haciendo dentro. Cuando salieron, la mujer introdujo el código de acceso para activar el sistema de seguridad. Lee, oculto tras los mismos arbustos que ahora, disponía de una maravilla de la técnica electrónica que captaba el código al vuelo como un jugador de béisbol que recibe limpiamente una pelota en el guante. Todas las corrientes eléctricas producen un campo magnético, como un pequeño transmisor. Cuando la mujer alta había marcado los dígitos del código, el sistema de seguridad había enviado una discreta señal al guante de béisbol electrónico de Lee.
