Serov no conocía a Lee Adams ni tenía la menor idea de por qué estaba allí. No había reparado en su presencia hasta que Lee se desplazó a los arbustos situados cerca de la casa, porque éste -había salido del bosque por el lado más alejado del ruso. Serov supuso, no sin razón, que el viento había ahogado el sonido de los pasos de Lee.

Serov comprobó la hora. Llegarían dentro de poco. Inspeccionó el silenciador alargado acoplado al rifle y luego frotó con suavidad el cañón, como si fuera su mascota preferida y estuviese confiriendo infalibilidad al metal brillante. La culata era de una amalgama especial de Kevlar, fibra de vidrio y grafito que ofrecía una gran estabilidad. Además, el cañón del arma no estaba estriado de forma convencional, sino que tenía un hueco rectangular y redondeado, llamado alma poligonal, con torsión de izquierda a derecha. Este diseño aumentaba la velocidad de la bala en un ocho por ciento y, sobre todo, imposibilitaba el examen balístico de los proyectiles disparados por el rifle porque no había muescas o estrías en el cañón que los marcaran al salir del arma. Prestar atención al detalle constituía la clave del éxito. Serov se había abierto camino basándose en esa filosofía.

El lugar estaba tan apartado que Serov había pensado en quitar el silenciador y confiar en su afinada puntería, su mira de alta tecnología y su magnífico plan de huida. Creía que la seguridad que sentía estaba más que justificada. Al igual que un árbol que cae, cuando matas a alguien en un lugar perdido, ¿quién va oírlo? Además, sabía que algunos silenciadores desviaban la trayectoria de la bala, con lo cual nadie moría, excepto el aspirante a asesino cuando el cliente se enteraba de que la misión había fracasado. Aun así, Serov había supervisado en persona la construcción del dispositivo y estaba seguro de que funcionaría a la perfección.



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