El ruso se removió en silencio para desentumecerse el hombro. Llevaba allí desde el anochecer, pero estaba acostumbrado a las vigilias prolongadas. Nunca se cansaba durante estas misiones. Se tomaba la vida tan en serio que cuando se preparaba para matar a una persona siempre le subía la adrenalina. Era como si el riesgo lo vigorizase. Ya se tratara de escalar una montaña o de planear un asesinato, lo cierto es que la posibilidad de ver la muerte tan de cerca lo hacía sentir más vivo.

La ruta de huida por el bosque lo conduciría hasta una tranquila carretera donde un coche lo esperaría para llevarlo a toda velocidad al cercano aeropuerto de Dulles. Luego le encomendarían otras misiones en lugares mucho más exóticos que éste. Sin embargo, dadas las circunstancias, este entorno tenía sus ventajas.

Matar a alguien en la ciudad resultaba de lo más complicado. Escoger el lugar desde donde apuntar, apretar el gatillo y escapar no era tarea fácil porque había testigos y policías por todas partes. Prefería la campiña, la soledad del medio rural, la protección de los árboles y la distancia entre casa y casa. Allí, como un tigre en un corral, era capaz de matar con una eficiencia abrumadora todos los días de la semana.

Serov se sentó en un tocón a pocos metros del lindero del bosque y a menos de treinta metros de la casa. A pesar de la frondosidad de la vegetación, desde ese lugar podría disparar sin problemas: una bala apenas necesitaba un espacio de un par de centímetros para pasar sin desviarse. Le habían dicho que el hombre y la mujer entrarían en la casa por la puerta posterior, aunque él se encargaría de que no llegasen lejos. La bala destrozaría cualquier cosa que el láser tocase. Estaba seguro de que acertaría a una luciérnaga aunque se hallara al doble de distancia.



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