Habían revestido las gruesas paredes de metal con cobre. Esta medida, junto con las toneladas de tierra que tenían encima, los protegía de los aparatos electrónicos indiscretos que pudieran merodear por el espacio o en las inmediaciones. A estos hombres no les gustaba bajar a la habitación subterránea. Era molesto e, irónicamente, entrañaba demasiado riesgo incluso para ellos, que disfrutaban tanto con las intrigas y los misterios a lo James Bond. Sin embargo, lo cierto era que la Tierra estaba rodeada de tanta y tan avanzada tecnología de vigilancia que era prácticamente imposible que cualquier conversación mantenida sobre la superficie del planeta quedara fuera de su alcance. Hacía falta ir bajo tierra para escapar de los enemigos. Si existía un lugar donde las personas pudieran reunirse sin temor a que alguien escuchase sus conversaciones incluso en su mundo de aparatos tecnológicos ultra-sofisticados, era éste.

Los hombres de cabello cano presentes en la reunión eran blancos y a la mayoría le faltaba poco para llegar a la edad de jubilación obligatoria en su agencia, fijada en sesenta años. Vestidos con trajes discretos, podrían haber pasado por médicos, abogados o banqueros. Eran ese tipo de personas cuyo rostro no se recuerda al día siguiente. El anonimato constituía su mejor baza; que viviesen o muriesen, a veces de forma violenta, dependía de estos detalles.

En conjunto, el conciliábulo poseía miles de secretos que el ciudadano de a pie jamás llegaría a saber porque, sin duda, condenaría los actos que derivaban de tales secretos. Sin embargo, el pueblo estadounidense solía exigir resultados económicos, políticos, sociales y de otras clases, que sólo podían obtenerse haciendo papilla ciertas partes del mundo. La labor de estos hombres consistía en hacerlo de manera clandestina para no dar una mala imagen de Estados Unidos y, a la vez, mantener a raya a los molestos terroristas internacionales, así como a otros extranjeros descontentos con la poderosa influencia del Tío Sam.



2 из 391