El objetivo de la reunión de esa noche era tramar el asesinato de Faith Lockhart. En rigor, por orden expresa del presidente, la CIA tenía prohibido perpetrar asesinatos. Sin embargo, estos hombres, aunque contratados por la Agencia, no representaban a la CIA en esta ocasión. Se trataba de una decisión personal y casi todos estaban de acuerdo en que la mujer debía morir, y lo antes posible; era de vital importancia para el bienestar del país. Estos hombres lo sabían muy bien, aunque el presidente no. Sin embargo, dado que había otra vida en juego, la reunión había adoptado un tono un tanto hosco y el grupo se asemejaba a un cuadro de férreos congresistas que lucharan por tajadas de cerdo valoradas en miles de millones de dólares.

– Entonces, lo que dices aseveró uno de los hombres canosos agitando uno de sus delgados dedos en el aire cargado de humo-, es que además de Lockhart tendremos que matar a un agente federal. -El hombre negó con la cabeza en señal de incredulidad-. ¿Por qué habríamos de matar a uno de los nuestros? Las consecuencias serían nefastas.

Los caballeros situados en la cabecera de la mesa asintieron pensativos. Robert Thornhill era el soldado más distinguido de la guerra fría de la CIA, un hombre cuya posición en la Agencia era única. Su reputación era incuestionable y su hoja de servicios inigualable. Como subdirector adjunto de operaciones, constituía la principal garantía de libertad de la Agencia. El SAO, o subdirector adjunto de operaciones, era responsable del funcionamiento de las operaciones de campo llevadas a cabo por el grupo secreto de agentes de inteligencia extranjeros. La directiva de operaciones de la CIA también recibía el nombre extraoficial de «tienda de espías», y la identidad del subdirector todavía no se había dado a conocer. Era el lugar idóneo para desempeñar labores importantes.



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