
Todo transcurría con tanta normalidad que los instintos de Serov lo alertaron. Ahora tenía un buen motivo para no caer en la trampa: el hombre que estaba en la casa. No era policía. Los agentes de la ley no se desplazaban sigilosamente por entre los arbustos ni allanaban las casas de los demás. Puesto que no le habían advertido de la presencia del hombre con antelación, dedujo que no estaba de su parte. Sin embargo, a Serov no le gustaba apartarse del plan original. Decidió que si el hombre se quedaba en la casa después de que acabara con los otros dos, seguiría el plan inicial y huiría por el bosque. Si el hombre intervenía o salía de la casa tras oírlos disparos, entonces Serov tendría que gastar más balas -contaba con municiones de sobra-, y al final habría tres cadáveres en lugar de dos.
Daniel Buchanan se sentó en su oscurecida oficina y sorbió un café tan fuerte que, cada vez que tragaba, se le aceleraba el pulso. Se pasó los dedos por el cabello, todavía grueso y ondulado, aunque tras treinta años de duro trabajo en Washington había perdido su color rubio para volverse blanco. Tras pasar otro largo día intentando convencer a los legisladores de que sus causas valían la pena, estaba agotado y el único remedio posible consistía en ingerir cafeína en dosis cada vez mayores. No podía permitirse el lujo de dormir toda la noche. Una cabezadita aquí o allá, mientras lo llevaban en coche a la siguiente reunión, al siguiente vuelo; a veces se dormía durante las interminables sesiones del Congreso e incluso en su propia cama durante una o dos horas; ése era su descanso oficial. Por lo demás, se ocupaba de todas las facetas casi místicas del Congreso.
Buchanan medía un metro ochenta, tenía la espalda ancha, los ojos brillantes y una ambición desmesurada. Un amigo de la niñez se había dedicado a la política. Si bien a Buchanan no le interesaba ocupar un cargo, su agudeza, ingenio y dotes naturales de persuasión lo convertían en un candidato ideal para formar parte de un grupo de presión. Había triunfado de inmediato. Su carrera había sido su única obsesión. Cuando no estaba cabildeando en un proceso legislativo, Buchanan se sentía incómodo.
