Thornhill había organizado a este grupo selecto, cuyos miembros estaban tan disgustados como él por la situación de la CIA. Había sido él quien les había recordado que existía aquella cápsula del tiempo subterránea y quien había reunido el dinero necesario para, en secreto, acondicionar la cámara y utilizarla.

Había diseminados por todo el país miles de pequeños juguetes como ése, sufragados por los contribuyentes y muchos de ellos completamente inservibles; Thornhill contuvo una sonrisa. Si los gobiernos no desperdiciasen el dinero que los ciudadanos han ganado con tanto esfuerzo, entonces ¿cuál sería la función de los gobiernos?», pensó.

Incluso ahora, mientras pasaba la mano por la consola de acero inoxidable con sus curiosos ceniceros incorporados, respiraba el aire filtrado y percibía la frialdad protectora de la tierra que lo rodeaba, Thornhill no pudo evitar pensar en la guerra fría. Por lo menos, con la hoz y el martillo existía cierta certidumbre. De hecho, Thornhill prefería al torpe toro ruso que a la ágil serpiente de arena, invisible hasta el instante en que lanzaba su veneno. Había muchas personas cuyo único deseo era derrocar al Gobierno de Estados Unidos. El trabajo de Thornhill era cerciorarse de que eso nunca ocurriera.

Thornhill recorrió la mesa con la mirada y evaluó la devoción que cada uno de los hombres profesaba a su país, y le satisfizo que fuera tan intensa como la suya. Siempre había deseado defender y servir a la nación. Su padre había trabajado para la OSS, el servicio de inteligencia de la Segunda Guerra Mundial que había precedido a la CIA. Por aquel entonces, apenas sabía a qué se dedicaba su padre, pero éste había inculcado a su hijo la filosofía de que en la vida no hay cosa más importante que servir a la patria, Thornhill se incorporó a la Agencia en cuanto finalizó sus estudios en Yale. Hasta el día de su muerte, su padre se había sentido orgulloso de su hijo, aunque no tanto como su hijo de él.



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