
Savannah, en cambio, es muy alta para su edad; alta, delgada y juguetona, aunque algo desgarbada; un conjunto de ángulos extraños y extremidades largas. Yo siempre le digo que se acabará llevando bien con su cuerpo, del mismo modo en que lo hará con sus enormes ojos azules. Pero ella no me cree. Tampoco me creyó cuando le aconsejé que no se cortase la maravillosa cabellera que le llegaba a la cintura. Ahora lucía una melena lacia y rala que sólo conseguía destacar aún más los ángulos de su cara. Como es natural, me culpaba a mí por no haberle prohibido que se cortara el pelo en lugar de haberme limitado a decirle que no lo hiciera.
– ¿Sales a practicar hechizos? -Me preguntó señalando mi mochila-. ¿En qué estás trabajando?
– Te estoy preparando un tentempié. ¿Quieres leche o chocolate?
Savannah suspiró.
– Vamos, Paige, sé muy bien qué clase de cosas practicas. Y no te culpo. Esos hechizos del Aquelarre son para crios de cinco años.
– Los crios de cinco años no hacen hechizos.
– Tampoco los hace el Aquelarre. No auténticos hechizos. Mira, podríamos trabajar juntas. Tal vez yo podría hacer que ese hechizo de viento funcionara para ti.
Me quedé mirándola.
– En tu diario escribiste que tenías problemas con ese hechizo -siguió ella-. Yo creo que se trata de un hechizo genial. Mi madre nunca tuvo nada así. Te diré qué haremos: si tú me lo enseñas yo te mostraré algo de magia auténtica.
– ¿Has leído mi diario?
– Sólo la parte de la práctica de hechizos. No tu diario personal.
– ¿Cómo sabes que tengo un diario personal?
– ¿Lo tienes? ¿Sabes qué ha pasado hoy en el colegio? El señor Ellis me ha dicho que va a enviar a enmarcar dos de mis pinturas. La semana que viene las van a colgar el día de la graduación.
Savannah se dirigió a la cocina sin parar de hablar. ¿Debía yo insistir en lo de mi diario de prácticas? Lo pensé, pero después deseché la idea, agarré la mochila y me fui a mi cuarto para volver a ponerla en su escondite.
