
En el membrete figuraba un número de teléfono, llamé al 411 para verificarlo. Me dieron otra dirección y teléfono para Jacobs, Sandford y Schwab. Llamé al bufete, puesto que en la Costa Oeste eran apenas las cuatro y media. Cuando pedí hablar con Gabriel Sandford, su secretaria me informó de que se encontraba ausente de la ciudad en viaje de negocios.
A continuación, comprobé la existencia de Jacobs, Sandford y Schwab en Internet. Encontré varias referencias en la lista de sitios de estudios de abogados en LA. Todas las menciones eran discretas y ninguna alentaba nuevos negocios. No parecía la clase de firma legal que un policía de Wisconsin vería anunciada en un programa de televisión de medianoche. Muy extraño, pero para averiguar más tendría que esperar hasta el día siguiente.
Al amanecer se me presentó un nuevo dilema: qué hacer con Savannah. No pensaba permitirle ir al colegio sabiendo que Leah estaba en la ciudad. Y tampoco pensaba llevarla conmigo. Decidí dejarla con Abigail Alden. Abby era una de las pocas brujas del Aquelarre a quien le encomendaría a Savannah, alguien que la protegería sin hacer preguntas y que no les diría nada a las Hermanas Mayores.
East Falls quedaba a sólo unos sesenta y cinco kilómetros de Boston. Sin embargo, a pesar de su cercanía, la gente de aquí no trabajaba en Boston, no hacía sus compras en Boston y ni siquiera iba a conciertos o a ver obras de teatro en Boston. A la gente que vivía en East Falls le gustaba la forma de vida de su pequeña ciudad y luchaba ferozmente contra cualquier invasión de esa malévola gran urbe del sur.
También se oponía a incursiones de cualquier otra clase. Esta región de Massachussets abunda en hermosos pueblos, llenos de maravillosos ejemplos de arquitectura de Nueva Inglaterra.
