Entre ellos, East Falls ocupaba un lugar prominente como uno de los mejores. Cada edificio del centro se remontaba por lo menos a doscientos años atrás y era cuidado y mantenido con esmero, según lo exigían las ordenanzas de la ciudad. Rara vez se veían turistas en East Falls. La ciudad no sólo no promocionaba el turismo sino que trabajaba activamente para evitarlo. A nadie se le permitía abrir un hotel, una posada o un bed and breakfast, ni ninguna clase de tienda que pudiera atraer turistas. East Falls era sólo para los residentes de East Falls. Ellos vivían allí, trabajaban allí, y ninguna otra persona era bienvenida en la ciudad.

Hace cuatrocientos años, cuando el Aquelarre llegó por primera vez a East Falls, era un pueblo de Massachussets en el que reinaban los prejuicios religiosos, la estrechez de miras, la intolerancia y una moralidad farisaica. En la actualidad, East Falls sigue siendo un pueblo de Massachussets en el que imperan los prejuicios religiosos, la estrechez de miras, la intolerancia y una moralidad farisaica. Durante los juicios a brujas de Nueva Inglaterra mataron aquí a cinco mujeres inocentes y tres brujas del Aquelarre, entre ellas una de mis antecesoras. Entonces, ¿por qué sigue allí el Aquelarre? Ojala lo supiera.

No todas las brujas del Aquelarre vivían en East Falls. La mayoría, como mi madre, se habían mudado más cerca de Boston. Cuando yo nací, mi madre compró una pequeña casa victoriana de dos plantas situada en un amplio terreno junto a un suburbio antiguo de Boston, una pequeña comunidad maravillosamente unida. Cuando ella falleció, las Hermanas Mayores insistieron en que me mudara a Last Falls. Como condición para darme la custodia de Savannah, querían que yo viviera donde ellas pudieran controlarnos de cerca. En aquella época tan triste de mi vida, tomé esa condición como excusa para paliar recuerdos muy dolorosos.



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